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Urbanismo en Mojácar: De los sesenta a los setenta. Dos hoteles

CLEMENTE FLORES

26·02·2016

EN MOJÁCAR, SOBRE la montaña, a caballo entre los sesenta y los setenta, se construyeron y pusieron en marcha dos hoteles en los bordes del núcleo urbano. Aunque se planificaron con distintos enfoques e intereses, su construcción y su vida útil han corrido caminos, hasta cierto punto, paralelos. Al final ambos negocios, que han acabado cerrando, son a mi parecer un ejemplo paradigmático del proceso que venimos comentando, tanto por su mala planificación y la racanería para dotarlos de servicios, como por el descontrol con que se hicieron las cosas. 

El primero de ellos, el hotel Mojácar, se construyó en los terrenos francos del antiguo castillo que descendían desde la cumbre hasta La Glorieta, donde existían dos cuevas incorporadas al solar y una tercera, la Cueva de Mariquita la Posá, también ocupada por el hotel, aunque de forma más informal. A tenor de lo que se había establecido y popularmente aceptado, el solar resultó prácticamente gratis. Lo regaló del alcalde Jacinto y la construcción se realizó con la ayuda del Ministerio a través de un crédito.  

Roberto Puig, arquitecto madrileño, compró a Segundo Clemente, del que era socio, su parte en un pequeño hotel construido anteriormente, y empeñó sus ahorros y una pequeña herencia para reconstruirlo y ampliarlo. Para la construcción, Roberto creó la empresa Mojácar SL, donde diariamente trabajaron obreros de los pueblos cercanos -Garrucha, Vera y Turre- aparte de los mojaqueros. La obra, gracias en parte a la aureola personal de Roberto, creó muchas expectativas en la comarca y fuera de ella, hasta el punto de que algunos domingos aprovechaban para visitarla gentes que venían desde Almería, entre ellos el Gobernador Civil de la provincia, Gutiérrez Egea, que fue el que públicamente pidió a Franco agua del Trasvase Tajo-Segura cuando se inauguró el aeropuerto (6 de febrero de1968). 

El edificio, siendo de agradable y de conseguida imagen por su tamaño y altura, resultó un mazacote que rompía la imagen secular del pueblo, cuyo perfil cambió para siempre. 

Fue sin duda un ataque directo y claro al paisaje urbano y cambió para siempre la silueta inconfundible del pueblo recortado sobre el cielo de las tardes de colores. 

Hasta entonces, la piel de la montaña recubierta con pequeños cubos escalonados daban a Mojácar una imagen de pobreza pintoresca de gran impacto emocional, que se rompió por la mole vertical de las ocho alturas del edificio. 

La rotura de la imagen virginal del pueblo fue la chispa que provocó el incendio. La virginidad se pierde una sola vez y no valen reparaciones por muchas celestinas que luego acudan para recomponer los rotos. El primer paso incita a dar el siguiente y tras el primer hotel, inaugurado en 1969, no tardó en aparecer el segundo. 

Laing, filial española de la inglesa John Laing and Son, una empresa que había sido fundada en 1848, estaba construyendo desde el verano de 1968, asociada a Ferrovial, la autopista Bilbao-Behovia. La filial de “una firma extranjera de reconocido prestigio”, según Silva Muñoz, sería poco después presidida por Francisco Fernández Ordoñez, que había sido Presidente del INI con Franco y luego ministro con Adolfo Suárez y con Felipe González. La autovía fue una de las concesiones más rentables de la historia de Ferrovial, y por tanto debemos de suponer que lo sería igualmente de Laing, que había entrado con una participación del 30% de la concesión. Por esas fechas, con ganancias saneadas, Laing decidió invertir en Mojácar empezando sus inversiones con un hotel, pero antes de finalizarlo creó la sociedad Laing Playas (11 de octubre de 1972), que al parecer completó con una nueva sociedad, Costa Mojácar S.A. 

Para construir El Moresco, Laing escogió un terreno a media ladera y se apoyó en la carretera de subida al núcleo urbano. El terreno era tan “rústico” que hubo que quitar primero los almendros y algarrobos y luego desmontar los abancalamientos. La limpieza del “solar” se llevó por delante el camino público que subía desde la Era del Lugar y desapareció su entronque con la carretera, al ser engullido por la edificación. 

En la construcción del nuevo hotel, los arquitectos ingleses actuaron haciendo y deshaciendo a su antojo sin nadie que les controlase, limitase o condicionase en formas o volúmenes. 

Con idea fija de conseguir el mayor aprovechamiento posible del solar, se construyó el hotel con 300 habitaciones, de las que 147 eran dobles, y de paso se olvidaron de crear una sola plaza de aparcamiento. 

El resultado fue un mazacote de mayor impacto visual que el Hotel Mojácar, ya que era más visible por ser una edificación aislada del resto y más agresiva, dado que sus formas sintonizaban menos con la edificación tradicional. Otra vez la mano y los conocimientos de los técnicos cuando se han plegado a los intereses especulativos de los promotores, y en mayor grado cuando estos mismos técnicos han sido promotores, hacen aflorar lo más negativo del urbanismo de la comarca. 

El hotel Moresco fue inaugurado a finales de Mayo de 1973 por el ministro Sánchez Bella, que hizo algún comentario de desagrado referido a la imagen de la obra. Todos aguantaron estoicamente el chaparrón y mientras unos recordaban aquello de “a buena hora mangas verdes”, a otros les pudo venir a la memoria lo de “muerto el burro la cebada al rabo”. 

En el ambiente que se vivía, atreverse a dar una opinión desaprobatoria sobre lo que sucedía, igual que sucede hoy, era enfrentarse a la presión social que, como mínimo, tildaba al “opinador” de ser un retrógrado amargado, enemigo del progreso. Si hemos de hacer caso a lo escrito por Rafael Llorente, años después, en su celebrado libro Thalassa, publicado por El Instituto de Estudios Almerienses, todo era culpa de Jacinto, el alcalde, que “obsesionado por la idea de un nuevo Mojácar, no admitía ningún tipo de sugerencias urbanísticas y se mofaba de cualquier conato de planificación, viniera de donde viniera”. 

Personalizar los males de la situación en Jacinto tiene mucho de certeza pero más de injusticia. Como contrapartida a las palabras de Llorente, que nunca fue modesto en su autobombo y que como escritor era algo fantasioso, traigo a colación lo declarado por Roberto Puig a la revista “Arquitectura” hablando del proceso mojaquero: “Todo el pueblo estaba completamente vacío hasta que empezó la especulación social, o sea, que los que levantaron el pueblo fueron los especuladores, concretamente el que más interés tomó en esto fue Rafael Llorente… Los primeros especuladores fueron los más interesados en dar a conocer los terrenos….Yo fui uno de los primeros especuladores; me regalaron las parcelas de terreno, me ilusioné con aquello y empecé”. 

La especulación, la cacicada y la falta de racionalidad manifiesta en la ausencia de planificación fueron el caldo de cultivo de todo el proceso urbanístico que enraizó en los años sesenta y primeros setenta. Las condiciones del terreno eran idóneas para la siembra y el arraigo tan poderoso, que la cosecha sigue repitiéndose año tras año de forma espontánea. 

A finales de los sesenta, durante el día, la Plaza Nueva era una mezcla de Patio de Monipodio y de antesala de una mancebía. Por la plaza, a cualquier hora, merodeaban los traficantes de solares que habían aparecido en escena con la misma diligencia y sigilo que aparecen las setas en otoño. Pacientemente esperaban que llegase el cliente, midiendo y escogiendo con la misma habilidad que ha desarrollado una buscona para elegir su cliente, ofreciéndole de buenas a primeras la última ganga en materia de terrenos. Había todo tipo de clientes, y junto al turista curioso y tal vez despistado, que deseaba encontrar algo para construir e incluso quedarse a vivir, aparecieron bastantes especuladores que actuaban como buitres avezados en alimentarse de carroña. Unos y otros, exentos de cualquier sentimiento altruista, sólo buscaban el dinero fácil. Después de muchos años de pobreza por fin se olía el dinero y el pueblo se puso en marcha atraído por este olor sin pararse a pensar dónde iba. 

El mayor fallo cometido en la construcción de los dos hoteles, como ha ocurrido con todo el urbanismo municipal, fue no dotarlos de los servicios necesarios. 

La trayectoria de ambos establecimientos ha corrido, hasta cierto punto, de forma paralela, aunque ligeramente desfasada en el tiempo. Los dos hoteles, Mojácar y Moresco, han cambiado más de una vez de dueño, y los dos acabaron cerrando. El primero de ellos se remodeló y se transformó en apartamentos y el segundo está pendiente a su vez de una remodelación que, tal como está prevista, posiblemente no se hará. 

Ninguno de los que los diseñaron era profesional de la hostelería y, aunque parezca mentira, en materia de urbanismo debieron seguir las prácticas del “urbanismo de la burra” del que ya hablamos en la primera entrega de esta miniserie. 

Movidos por el deseo de conseguir la máxima edificabilidad de los solares fueron sumando habitaciones para rentabilizar al máximo el terreno, que prácticamente había sido regalado, y se olvidaron de las necesidades de los clientes. 

El sitio era bonito, paradisíaco y con mucho duende, solitario y sobre todo remoto, pero el cliente tenía que venir obligatoriamente con coche y volver con él. Los promotores se olvidaron de que los hoteles debían construir sus propios aparcamientos. Quizás pensaron que era una dotación que le proporcionaría las autoridades con medios públicos y se equivocaron totalmente, ya que los munícipes sólo se han preocupado, si acaso, de hacer aparcamientos para ellas mismos. 

El propio Roberto Puig nos dejó muchas claves de lo que pasó: “Yo creo que los enemigos del arquitecto son: el promotor, el constructor y el Ayuntamiento. He intentado eliminar los tres… El hotel ha quedado creo, muy ajustado al terreno porque se ha proyectado sobre el terreno… he huido de proyectarlo sobre el tablero. El problema mayor consistió en que, inicialmente, en el proyecto se pretendía hacer un hotel más reducido; era un hotel de sesenta habitaciones, luego las cosas se complicaron, se creó una sociedad, las obras estuvieron paralizadas, quería eliminar al constructor, compré la participación del constructor y esto fue el motivo de que un proyecto que se había pensado para una industria de tipo familiar que lo iba a explotar una persona sola con su familia tuve que…”. 

El hotel Mojácar no funcionó ni con Roberto ni sin Roberto porque entonces y ahora elige y demanda el cliente. La historia del hotel, una vez fracasado el negocio hotelero, es una larga historia por la que pasó incluso Luis Roldán en su gloriosa etapa de Director de la Benemérita. El momento quedó plasmado en las hemerotecas con una foto en la que figura junto a un exalcalde de Mojácar que le debió servir de anfitrión. Posteriormente alguien lo rescató para apartamentos cuyos propietarios es posible que no tengan ni escritura registrada, porque las cosas que empiezan mal suelen acabar peor. 

En cuanto al Moresco su evolución sigue caminos paralelos y el actual propietario seguramente desea que el Ayuntamiento le proporcione el aparcamiento que no tiene. El Ayuntamiento le ha dado el Indalo de Oro porque supuestamente ha contribuido con sus proyectos, sus esfuerzos y/o sus ideas a mejorar la imagen del municipio, pero a él, por lo que dicen, le gusta más que le den tarjetas de Caja Madrid. Con tarjetas o con indalos el hotel no se abre y los buitres siguen sobrevolando. 

El ejemplo de estos dos hoteles rompiendo la estética centenaria del pueblo y la construcción especulativa escatimando servicios fundamentales para el posible visitante, han sido una constante en el urbanismo mojaquero, que no ha dejado de repetirse y una lección que los autores del nuevo PGOU de Mojácar no han entendido o no han querido entender. Romper la imagen irrecuperable de un pueblo insólito y escatimarle servicios a quien lo visita es, de cara al futuro, ponerse la soga al cuello o hacer que se vaya con la música a otra parte.


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